
En cuanto al hombre, el bien se mide en él por comparación
con el mal. Porque el mal que no es demasiado grande, es aquí abajo el bien, y
el bien de aquí abajo, es la porción más pequeña del mal. Es imposible pues que
el bien aquí abajo esté completamente puro de toda malicia: efectivamente, aquí
abajo el Bien es impelido hacia el mal. En efecto, habiéndose convertido en
malo ya no sigue siendo bueno; puesto que no lo sigue siendo, necesariamente se
transforma en malo. Por lo tanto es sólo en Dios que existe el Bien, o mejor
dicho Dios mismo es el Bien. Entre los hombres, Asclepio, no se encuentra del
Bien más que el nombre, pero su realidad no se ve en ninguna parte. Es
imposible, en efecto. Pues no hay sitio para él en un cuerpo material que está
asfixiado por todas partes por el mal, las penas y los sufrimientos, las
concupiscencias y las cóleras, las ilusiones y las opiniones insensatas. Y lo
peor de todo, Asclepio, es que se confía aquí abajo en cada una de las cosas
que acabo de decir como si fuera el mayor bien, cuando todo esto es más bien el
mal insuperable. La glotonería causa todos los males, el extravío es aquí abajo
la ausencia del Bien.