Tal es pues, Tat, la imagen de Dios que he dibujado para ti lo
mejor que he podido: si tú la contemplas exactamente y te la representas con los
ojos del corazón, créeme, hijo, encontrarás el camino que conduce a las cosas de
lo alto. O, más bien, es la propia imagen quien te mostrará la ruta. Pues la
contemplación posee una virtud propia: toma posesión de los que ya una vez han
contemplado, y los atrae a sí como -se dice- el imán atrae al hierro.
Hace 17 horas